De
Bulnes, este rincón en pleno macizo central de los Picos
de Europa, mucho se ha dicho y escrito; que si era el único
pueblo sin carretera de Asturias (por desgracia, otros muchos padecen
lo mismo), entrada natural al Picu Urriellu, etcétera. Con
el nuevo sistema de transporte que este año se inaugura para
vecinos y visitantes, este verano Bulnes será, sin duda,
uno de los lugares más concurridos de nuestra Asturias.
Mas el antiguo camino, pindio y estrecho que pocos recorrerán,
es y será siempre uno de los senderos más bonitos
de toda Asturias. Por lo que espero que no digamos estos versos
con aire compungido cuando volvamos a esta aldea cabraliega: «Adiós,
lugarín de Bulnes, peñascos y peñascones, donde
yo me divertía en aquel campo de flores».
Si no hay carretera, la haremos al andar, recorriendo la ladera
de la dura Peña Maín, con casi 500 metros de desnivel
desde el cruce de Poncebos, desde el mismo puente de la Jaya, hasta
el propio Bulnes. Es más de hora y media de duro camino,
de ascensión continua por las duras y resbaladizas piedras
que en algunos lugares llegan a formar una escalinata natural. Enfrente,
el murallón de Amuesa, tan sobrecogedor como la pared vertical
de Peña Maín, y por debajo la garganta del Texu. Ya
no veremos esas reatas de mulas que bajaban hacia Poncebos y Arenas
para recoger víveres y enseres, ni tampoco harán falta
esos viajes en helicóptero cuando el pueblo quedaba aislado
por la nevada, hoy todo va sobre raíles.
Bulnes,
que aparece en una pequeña llanura rodeada de grandes picos
y altas paredes, fue fundada por pastores que un día se arriesgaron
a vivir permanentemente en este lugar. Hoy se mantiene por el trasegar
de turistas y montañeros. De los primeros siempre podemos
criticar su falta de preparación cuando acometen este sendero,
pero cuando suban en trenecito, estamos seguros que su uniforme
irá en consonancia con su despreocupación. A un lado
tenemos en un pequeño otero Bulnes de Arriba, al otro a Bulnes
de Abajo, unidos por el mismo camino. Son dos barrios que también
son conocidos como el Castillo y la Villa. Durante el invierno viven
del ganado y en temporada estival del turismo y la montaña.
La entrada a la villa la realizamos por su cementerio y la derruida
casa rectoral, posiblemente el edificio con aire más noble
del pueblo.
El cementerio estuvo techado hasta hace pocos años y así
evitar que las avalanchas de nieve enterraran por dos veces a los
vecinos fallecidos. En un lateral tiene una capilla dedicada a la
Virgen de las Nieves. La rectoral, frente al cementerio, tiene un
arco de medio punto como entrada, y a su lado la obligada iglesia,
ésta dedicada a San Martín. Tiene una nave, pórtico
frontal y lateral, y cabecera cuadrada. La espadaña con dos
huecos la corona. Con el arroyo por el medio, está el cogollo
del pueblo; viviendas transformadas en albergues, tiendas y bares;
tenadas que guardan todavía el forraje para el ganado, y
éste que se guarece en sus cuadras. Las callejas pavimentadas
con gastada caliza, al igual que la mampostería de sus muros
y los sillares de las esquinas.
A menos de 200 metros, en el Castillo sobresale la restaurada capilla
de San José. El progreso llega y pronto podremos los simples
mortales ascender o descender por ese remonte mecánico innombrable.
El camino a Bulnes siempre será por la canal del Texu, se
pongan como se pongan y pese a quien pese, pero lo cierto es que
sus habitantes necesitaban una salida mejor.
En la imagen superior
un rincón del pueblo, en la inferior, el camino a Bulnes.

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